Recomendaciones milenarias

Todos habremos oído alguna vez ciertas recomendaciones sobre cómo actuar en caso de movimiento sísmico; por ejemplo, salir a espacio abierto huyendo de las edificaciones, o si se permanece bajo techo, situarse en el umbral de las puertas.
El origen de alguna de estas recomendaciones, particularmente de la última, es más antiguo de lo que cabría imaginar. Se encuentra ya en un autor latino del siglo primero de nuestra era: Plinio el Viejo. En su Historia Natural, escrita en la octava década del siglo, se lee (libro II, LXXXIV):
“Los lugares más seguros de las casas son las bóvedas, los ángulos de los muros y las jambas de las puertas, pues los choques opuestos se compensan en ellos; las paredes hechas de ladrillos de tierra son igualmente menos alteradas por los temblores”.
La compensación de los choques opuestos que se producen en el interior de un edificio es, en nuestro vocabulario técnico, el arriostramiento de dicho edificio. Continúa diciendo el autor:
“Hay también grandes diferencias en el tipo mismo de movimiento, pues los temblores pueden producirse de numerosas maneras: la situación más segura se da cuando la tierra vibra y los edificios oscilan y crujen, o cuando se hincha y levanta y después vuelve a caer, en un movimiento alterno. Tampoco hay peligro cuando los edificios acuden al encuentro uno de otro, se golpean y chocan entre ellos como carneros, ya que en ese caso los movimientos se compensan mutuamente”.
Por oscilación y crujido de los edificios hay que entender su capacidad para deformarse ante un movimiento sísmico y disipar de esta manera la energía, es decir, lo que hoy denominamos su ductilidad. El choque entre edificios, tan expresivamente comparado con el enfrentamiento de dos carneros, alude al mejor comportamiento ante un seísmo que produce el acodalamiento, es decir, el arriostramiento mutuo entre edificios contiguos.
La parte de la obra dedicada a los seísmos alcanza varias páginas de extensión. En ella hay afirmaciones curiosas, relativas por ejemplo a la causa de estos fenómenos, que han quedado superadas modernamente. Pero las observaciones acerca del comportamiento de los edificios, producto sin duda de la experiencia, son con frecuencia correctas. Aunque no se dispusiera de nada remotamente similar al moderno análisis sísmico, hace casi dos milenios ya se intuía de manera adecuada la influencia de determinados factores en la resistencia de los edificios en el caso, tan frecuente en la Italia de entonces como en la de ahora, de un terremoto.

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